Eucaristía del día viernes 28 de junio de 2024
¿Se ha olvidado el Señor de nosotros?
El texto de la primera lectura nos sitúa en el final de la Historia deuteronomista (Josué Jueces, Samuel y Reyes) en uno de los episodios más sangrantes del pueblo de Israel: la caída de Judá, reino del Sur y el consiguiente destierro a Babilonia.
En un primer momento, y siguiendo los esquemas de la época, Judá, es sometida a vasallaje con el consiguiente pago de impuestos al potente imperio babilónico de Nabuconodosor; pero no conforme con esa realidad, se rebela contra él siendo saqueado por el más fuerte. Nabuconodosor invade Judá y realiza la primera deportación de población a Babilonia, entre los que se encuentran el rey Jeconías y la mayor parte de los nobles (597 a. C) (cf. . 2 Re 24,1-17).
Nuestro texto nos narra la llamada segunda deportación. Los judíos, liderados ahora por Sedecías, se rebelan de nuevo contra Babilonia y el gran imperio decide poner en marcha toda su artillería contra Juda. Tras cercar Jerusalén durante varios días, Nabuconodosor entra en la ciudad, dejando destruida la ciudad santa y sometiendo lo más preciado para el pueblo de Israel, el templo del Señor al pasto de las llamas. Ahora se realiza la segunda deportación de la población, siendo desterrado la mayor parte del pueblo, sobre todo intelectuales y artesanos, y quedando en Juda solo los pobres de la tierra, los am ha ares, para cuidar del campo y las viñas (586/587 a.C).
El pueblo queda sumido en la desesperación. No solo pierde su patria, pierde la tierra que el Señor había prometido a Abraham. ¿Acaso el Señor no cumple sus promesas? Sin templo, sin ciudad santa y sin tierra, el pueblo en Babilonia entra en una gran crisis de fe ¿Cómo cantar un cantico de Sion en tierra extranjera?, llorará el salmista (Sal 136,3); ¿Nos ha abandonado el Señor?, se lamentará el profeta (cf. Is 49, 14)
Sin embargo, el Señor escucha el clamor de su pueblo y su respuesta llega a los judíos a través del oráculo del profeta que en medio de la desolación consuela al pueblo: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49,15). El Señor nunca abandona a su pueblo y en medio de la desolación, llena de esperanza los corazones de los hombres y mujeres. La Historia de la Salvación siempre abre un camino nuevo más allá del horizonte.
También nosotros podemos experimentar crisis de fe ante situaciones difíciles. Sin embargo, el Señor siempre tiene una palabra de aliento, que nos llega a través de su Palabra o de la de algún hermano o hermana: “Al final todo acaba bien. Y si no acaba bien, es que todavía no es el final” (El exótico Hotel Marigold)


